Hay partidarios de buscar un significado intrínseco y misterioso a cada cosa que te pasa. Hay quien dice, mala racha, mala suerte. Hay quien dice, sin embargo, que todo lo que sucede, sucede por una razón muy concreta. Y hay quien dice que somos nosotros mismos los que provocamos o llamamos poderosamente a los acontecimientos. Y a los accidentes. Y al amor. Y a las hormigas, claro.
Una amiga decía que cuando pasaba días dándose sin querer con las puertas de los armarios en la cabeza, sabía que tenía que dejar de pensar. Que había que escuchar bien al cuerpo, para ver dónde se golpeaba, y saber entenderlo. Pues yo, me rompí una pierna y cuando ya estaba casi lista me hice un esguince en la otra. Y me han tenido que abrir la puerta de mi casa dos veces, cambiando la cerradura. Y perdí todos mis contactos del teléfono cuando me lo robaron todo dentro de ese bolso que usaba a diario.
De toda esta mierda se podrían sacar varias lecturas: puede ser que no esté caminando hacia donde debo, puede ser que mi casa no sea tanto mi casa, que necesite salir, cambiar algo. Cambiar de bolso, que siempre los llevo muy grandes y me caben demasiadas cosas. Puede ser que deba dejar atrás lo que ya no sirve, lo que ya no habla, lo que ya no aporta.
Puede ser. Sí. De momento lo que tengo claro es que estoy hasta los cojones. Mañana ya veremos.
Lo reconozco. Quizá yo también estoy boicoteando todo el rato. Quizá yo también sea cobarde y mentirosa sin malas intenciones. Lo reconozco. Sé que me dejo la piel con los que menos me dan. Quizá tampoco yo estoy dispuesta, ni preparada, ni quiero amar. Quizá encuentre más divertido pelear, frustrarme y sentir todo el rato que algo se me escapa. Por favor, cuando me veas hacer lo mismo, una y otra vez, dame una colleja. Gracias desde ya.
La misma cerveza que me hace liviana y fresca, me hace hoy pesada y oscura.
Se empeñan en describirlo, batallarlo, desmenuzarlo, justificarlo, ponerle adjetivos y florituras, juzgarlo y machacarlo; con lo bonito y natural que queda (y se siente) cuando puedes sentarte a mirar cómo corre el río, que se las pela, diciéndolo todo él, sumergiéndote en la corriente si te da el impulso, y dejándote llevar sin tanta palabrería.
Quiero tener el cuello más largo del mundo, para que quepan miles de manos.